Aventuras, reflexiones, fotos... los pequeños hilos que se entretejen en la vida y que hacen de cada día uno especial.
lunes, 13 de febrero de 2012
A series of unfortunate events... CPH version
martes, 15 de junio de 2010
Taking a leap... once again
Últimamente me siento dentro de un déjà vu. Me parece un poco extraño encontrarme casi en el mismo punto en el que estaba el año pasado. Leí el post "Unwritten" y fue como anillo al dedo para lo que estoy pensando ahorita. Están presentes los factores ya conocidos: incertidumbre, estrés, reflexión, duda...
Se me ha ido volando el tiempo y la familiaridad de las emociones me sorprende porque, en efecto, han pasado casi 10 meses desde que di el prime salto. Pero a la vez, me doy cuenta que la situación es totalmente diferente, porque he cambiado. Creo que este año he aprendido muchas cosas como lo que quiero y no quiero ser, con quién sí y con quién no hay que rodearse, a qué tipo de proyectos quiero dedicar mi tiempo.
A lo mejor no tengo definido el rumbo -¿quién lo tiene?- pero por lo pronto he aprendido cuáles caminos no voy a tomar en mi vida. En el fondo, sigo orientándome hacia donde mismo y me mueven las mismas motivaciones, sólo que me he dado cuenta que la forma importa muchísimo, más de lo que pensaba. Y con este aprendizaje y reflexiones en mi mente y corazón, brincaré de nuevo...
miércoles, 5 de agosto de 2009
Unwritten
¡Nada está escrito, cualquier cosa puede pasar!
viernes, 6 de marzo de 2009
Circle of Life
Pero, entrando en el tema, uno de los motivos por lo que me gusta mucho es por su soundtrack. Especialmente me agrada la estrofa inicial de la canción que da título a este post. Así que profundizaré en ella.
From the day we arrive on the planet
And blinking, step into the sun
There's more to be seen than can ever be seen
More to do than can ever be done
Creo que me acuerdo constantemente de esta frase porque toca una verdad innegable: hay límite en lo que se puede ver, aprender, disfrutar, en pocas palabras VIVIR. Muchas veces me he cuestionado la trascendencia de una decisión pequeña, el leer un libro y no otro, ir o no ir a una actividad cultural, un viaje, etc. Hay costos de oportunidad en cada decisión que se toma. Tal vez esa sea una de las razones por las que me cuesta decir que no a las oportunidades que se me presentan, prefiero atiborrar mi agenda, no descansar tanto o incluso terminar rendida al final de un día o de un proyecto, a pensar que pude haber hecho algo y no lo hice. Y mejor ni empiezo con las decisiones más trascendentales... dónde trabajar, en qué ciudad vivir, con qué tipo de personas rodearse, etc.
Lo que me impresiona es que estas decisiones grandes, estas rutas que vamos haciendo y siguiendo en la vida muchas veces surgen de simples veredas, decisiones que no razonamos tanto y que tal vez cambiaríamos si supiéramos la trascendencia que tendrán. No creo en la suerte, creo que cada quien va haciendo la suya propia. Pero considerando todo lo anterior, el impacto de las decisiones, cómo se aprovecha el tiempo limitado y si se le saca "el jugo" que se le puede sacar a la vida según la situación personal... está cañón. Sobretodo porque muchas veces se nos va de la cabeza la idea de que nuestra vida es una y finita, cada segundo que pasa es un segundo que no regresará.
Como conclusiones a mis cavilaciones les dejo algunas ideas que leí la semana pasada en la maestría “Unas Lecciones de Metafísica” de José Ortega y Gasset. Especialmente me gustó la última frase. ¡Disfruten!
El vivir, en su raíz y entraña misma, consiste en un saberse y comprender, en un advertirse y advertir lo que nos rodea, en un ser transparente a sí mismo. Por eso, cuando iniciamos la pregunta ¿qué es nuestra vida? pudimos sin esfuerzo, galanamente, responder: vida es lo que hacemos; claro, porque vivir es saber que lo hacemos, es, en suma, encontrarse a sí mismo en el mundo y ocupado en las cosas y seres del mundo.
Nuestra vida, según esto, no es sólo nuestra persona sino que de ella forma parte nuestro mundo: ella – nuestra vida – consiste en que la persona se ocupa de las cosas o con ellas, y evidentemente lo que nuestra vida sea depende tanto de lo que sea nuestra persona como de lo que sea nuestro mundo.
Vivimos aquí ahora; es decir, que nos encontramos en un lugar del mundo y nos parece que hemos venido a este lugar libérrimamente. La vida, en efecto, deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo que es el de ahora. Sólo cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a sabor, como se elige el teatro después de cenar, sino que es encontrarse de pronto y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable: en este de ahora. Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, náufragos en un orbe impremeditado. No nos hemos dado a nosotros la vida sino que nos la encontramos, justamente, al encontrarnos con nosotros. Un símil esclarecedor fuera el de alguien que dormido es llevado a los bastidores de un teatro y allí, de un empujón que lo despierta, es lanzado a las baterías, delante del público. Al hallarse allí ¿qué es lo que halla ese personaje? Pues se halla sumido en una situación difícil sin saber cómo ni porqué, en una peripecia; la situación difícil consiste en resolver de algún modo decoroso aquella exposición ante el público, que él no ha buscado ni preparado ni previsto. En sus líneas radicales la vida es siempre imprevista. No nos la han anunciado antes de entrar en ella – en su escenario, que es siempre uno concreto y determinado –, no nos han preparado.
La vida nos es dada – mejor dicho nos es arrojada o somos arrojados a ella –, pero eso que nos es dado, la vida, es un problema que necesitamos resolver nosotros, Y lo es no sólo en esos casos de especial dificultad que calificamos peculiarmente de conflictos y apuros sino que lo es siempre. Cuando han venido ustedes aquí han tenido que decidirse a ello, que resolverse a vivir este rato en esta forma, que traerse a sí mismos aquí. Dicho de otro modo: vivimos sosteniéndonos en vilo a nosotros mismos, llevando en peso nuestra vida por entre las esquinas del mundo. Y con esto no prejuzgamos si es triste o jovial nuestra existencia: sea lo uno o lo otro está constituida por una incesante forzosidad de resolver el problema de sí misma.
Por lo mismo que nuestra existencia es en todo instante un problema, grande o pequeño, que hemos de resolver sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que no es nunca un problema resuelto, sino que en todo instante nos sentimos como forzados a elegir entre varias posibilidades. ¿No es esto sorprendente? Hemos sido arrojados en nuestra vida, y a la vez, eso en que hemos sido arrojados tenemos que hacerlo por nuestra cuenta, por decirlo así, fabricarlo. O dicho de otro modo: nuestra vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más; pero ese ser no está predeterminado, resuelto de antemano sino que necesitamos decidirlo nosotros, tenemos que decidir lo que vamos a ser.
Vida es lo que somos y lo que hacemos: es, pues, de todas las cosas la más próxima a cada cual. Pongamos la mano sobre ella, se dejará apresar como una ave mansa.
martes, 30 de diciembre de 2008
Con más juicio en el 2009
lunes, 29 de septiembre de 2008
¿¡Salvando perros!?
Cuando casi lo atropellan al cruzar la calle, me dio lástima. Por un segundo medí las consecuencias de llevarlo a mi casa y el posible disgusto con el que lo recibiría mi madre, pero decidí que prefería eso a pasar al día siguiente y ver al pobre perro muerto en la calle. Rita, que también tiene su propia historia de salvación de perros, apoyó la moción y juntas nos dispusimos a llevarlo a mi casa. Como leyendo nuestras mentes, el perro se empezó a desviar, prefirió irse a olfatear y a ladrarle a todos los perros de cada calle, que eran muchos, por lo que descubrimos, que continuar el camino con nosotras.
Así que hablándole, corriendo y hasta usando el gloss de Rita como carnada, pudimos acercarlo poco a poco a mi casa. Ya afuera el perro se negó rotundamente a entrar, y acordándome de una experiencia parecida que viví con Sara y su perro Benji, corrí adentro por un pedazo de salchicha. El pobre animal, probablemente hambriento entró. Y en lo que estaba abriéndole la puerta trasera que da al jardín… llegó mi mamá.
Tal como lo había previsto me preguntó con cara de horror, “¿qué hace ese animal aquí?”. Ya le expliqué la situación y a regañadientes me dijo que lo quería fuera rápido. En su defensa, debo aclarar que en mi familia probablemente corre un gen rescata-perros. Mi papá tiene una larga historia de traer perros perdidos, regalados o abandonados a la casa. La mitad terminaban en el rancho pero varios se quedaron en la casa, los nombres de Chispa, Rompope, Junior, Fili y Solovino, traen recuerdos memorables a mi familia. Aparte de esto, mi casa ha servido de hotel canino otras tantas veces para los perros de mis tíos: han pasado por el patio trasero Jerry el presumido, la Romaria mexicana y el cliente frecuente, Roy. Supongo que al momento de ver al chucho, todas estas historias vinieron de golpe a la mente de mi mamá. Le prometí que pronto se iría, que iba a poner anuncios y checar el periódico y hacer todo lo necesario para devolver el perro a su hogar.
Lamentablemente, no pude cumplir mi promesa al pie de la letra porque como toda esa semana llovió, me pareció un desperdicio pegar anuncios para que se mojaran y cayeran. Pasó el fin de semana, y ni un anuncio por el perro, que según yo identifiqué como Chow Chow, apreció en el periódico. Mi mamá mientras tanto no cesaba de dar a conocer sus deseos de despedirse definitivamente del perro y me pasaba ideas: “vende al perro, como tu hermano vendió al cachorrito que se encontró” (sí, mi hermano también posee el mismo gen familiar, jaja), “vi en el periódico una escuela para perros que busca animales adultos, habla”, “un amigo de tu abuelo tiene un albergue, comunícate con él”. Yo le decía que lo haría en cuanto pegara anuncios y no obtuviera respuesta positiva.
Cuando finalmente pegué los anuncios, para mi desgracia, no obtuve lo esperado, ni una triste llamada recibí. Me esperé una semana antes de comenzar con los planes de contingencia sugeridos por mi madre. Hablé a la escuela de perros, “sólo compramos perros Golden Retrievers, Labradores, Dálmatas, etc., Chow Chows no”, fue la respuesta que recibí. Una opción menos, bueno, a la siguiente, el albergue del amigo de mi abuelo, “no recibimos, sólo hacemos muestras para que los den en adopción, tráelo el sábado a las 3:00 pm a esta dirección”. Cero y van dos, bueno, fueron realmente tres callejones sin salida, considerando que a diferencia de mi hermano, no conseguí a nadie interesado en comprar el perro.
Para entonces, el perro había demostrado que además de juguetón era también destructor y comencé a compartir la opinión de mi mamá de que tenía que irse lo más pronto posible. Siguiendo el consejo de mi papá, experto en el tema de reubicación canina, me metí a una página de Internet de otro albergue, apunté el teléfono y hablé. Me contestó Marylin, que muy amablemente escuchó mi caso de rescate y procedió a explicarme que aunque normalmente hubiera recibido a mi perro, lamentablemente no podría hacerlo porque Municipio estaba a punto de clausurale el albergue y dejar sin hogar a alrededor de 50 animales entre perros y gatos que tenía en su propia casa (!!!) Me pude imaginar su dilema de encontrarle hogar a tanto animal, si yo no podía hacerlo con uno solo, así que escuché pacientemente sus recomendaciones de llevar a esterilizar al perro para que bajara su nivel de destrucción y mi mamá lo aceptara. Otra vez sin ninguna opción, hasta que se me ocurrió preguntarle a la señora que nos ayuda, si no conocía a alguien que lo quisiera. Esa misma tarde me encontró cliente y mi mamá feliz, me habló a darme la noticia. El perro se iría a un nuevo hogar en una granja.
Hoy finalmente vinieron por él. Saldo final de su paso por mi casa: $150 de croquetas, una maceta quebrada, una manguera mordida, el mosquitero de la puerta de la cocina hecho pedazos… pero salvar a un pobre animal: ¡no tiene precio! Jajaja.
